Miércoles, Enero 24, 2018
   
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Escrutinio severo de los candidatos

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El Nuevo Día.- La tarea no debería resultar dificultosa; bastaría con que quienes aspiran al poder público sepan hacer una profunda y sincera introspección de sus propios valores morales, o de la ausencia de estos, para decidir si merecen o no la confianza del pueblo al que han de solicitarle su respaldo.

Pero si estos fallaran a ese rigor al que debería obligarle su conciencia, corresponde a los dirigentes políticos con responsabilidad por la calificación de sus candidatos a cargos electivos actuar con absoluta rigurosidad en el discernimiento de sus cualidades.

El afrentoso, indignante y decepcionante desfile de funcionarios públicos, especialmente -aunque no exclusivamente- en el Poder Legislativo, obliga a los dirigentes de los partidos políticos a desprenderse de la laxitud con la que actúan y de cómo reniegan de los requisitos legales que, en una especie de papeleo sin consecuencias, adoptan como acuerdos de partido, en un evidente ejercicio en búsqueda de aplauso.

Mas esa laxitud no es privativa del Poder Legislativo; se evidencia también con la designación de funcionarios, la más reciente de las cuales es la observada con el malogrado traslado del exdirector ejecutivo de la Autoridad de los Puertos, Alberto Escudero, a un puesto similar en la atribulada Autoridad de Energía Eléctrica.

El reclamo de una rigurosidad en la postulación de candidatos a cargos electivos así como en el papel que corresponde al Ejecutivo, sea el gobernador y las juntas de directores de corporaciones y autoridades públicas, reviste la más urgente y responsable severidad.

En el primero de los casos, la responsabilidad se asienta en las sedes de los partidos políticos.

En el segundo, se asienta en la sensatez del gobernador, como máxima autoridad nominadora inclusive en los procesos de funcionarios de corporaciones públicas, cuyas juntas por muchos años, y hasta el presente, han sido meros sellos de goma de los mandatarios.

En los partidos, es evidente que funciona una pasmosa flojedad en la búsqueda de candidatos idóneos para ocupar cargos electivos.

En lo que respecta al Ejecutivo, es evidente -y lo comprueba el caso del fugaz director ejecutivo de la Autoridad de Energía Eléctrica- la ausencia de un equipo de trabajo gubernamental verdaderamente comprometido con el reclutamiento de los mejores y más acrisolados candidatos, dispuestos a poner sus talentos al servicio del País.

De manera que corresponde a los dirigentes políticos asegurarse de que sus candidatos a ocupar escaños en la Asamblea Legislativa consideren el poder que va implícito con su elección como un medio para hacer avanzar la sociedad, no como un arma para lograr ventajas para ellos, sus parientes y sus amigos.

Que sientan que la confianza que pone el electorado en ellos implica una responsabilidad moral y personal de contribuir con su esfuerzo e intelecto para que el futuro con el que pregonan estar comprometidos sea mejor que el pasado y el presente.

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